martes, 3 de julio de 2012

No paran de hablar de Jose Tomas y El Juli en Badajoz



ROSARIO PÉREZ / BADAJOZ

José Tomás, por fin, ha vuelto

José Tomás Román: «Mi hijo lleva mucho tiempo sin torear y lo necesita»
Miradas afiladas en el patio de cuadrillas. José Tomás y El Juli, frente a frente. El estreno del torero de Galapagar convirtió las calles pacenses en el metro neoyorquino en hora punta. La alfombra roja se desplegó en Badajoz desde pensiones, hostales y hoteles de cinco estrellas para inyectar más euros en un día que una película de Oscar. Compartía cartelera con un actor de máximo nivel, Julián López, y otro que no quiso ejercer de secundario, Juan José Padilla.

Los ojos de los rebosantes tendidos filmaron cada uno de los pasos del fenómeno de Galapagar. Espigado como un junco en el interior de su terno cobalto y oro, con el pelo encenizado y alguna tibia sonrisa dentro de su curtido rostro, saludó una grandiosa ovación junto a sus compañeros al desperezarse el paseíllo. Era el primero de su microtemporada de solo tres corridas.

Zurdazos del Prado
Nueve meses después de su (pen)último paseíllo en Barcelona, sus telas parieron un espectáculo excepcional. Bestial la serie de broche. Al natural. Zurdazos antológicos, dignos de enmarcar en el mismísimo Museo del Prado. Como cantó Moratín a Belmonte, ofrece arrogante el corazón que hiera, tirando de la embestida con una pureza cristalina, sin trampa ni cartón.

Antes había toreado sobre ambos pitones con la verdad por delante, siempre por encima de un toro con el que todo lo hizo el fenómeno madrileño. De aperitivo había trasladado el runrún a los tendidos cuando se echó el capote a la espalda y quitó por gaoneras de infarto. La espada, pese a caer algo desprendida, desató la pañolada y dio una apoteósica vuelta al ruedo con el doble trofeo.

El acabóse, a cámara lenta
Una oreja había paseado ya en su primero. José Tomás traía en este tardío arranque de temporada (demasiado breve) una lentitud pasmosa. Los antiguos decían «ars longa, vita brevis». Si el buen amor y el ritmo de las buenas cosechas es lento, el torero siguió la máxima a rajatabla. ¡No se puede torear más despacio! Si la arena de los relojes dejó de deslizarse con el capote en ese quite en el que combinó un mixto de chicuelinas y delantales, con estatuarios de idéntico corte aquello fue el acabóse. Todo a cámara lenta. Brotaron luego los derechazos con la muleta adelantada -algunos con ella más retrasadita-, conduciéndolos hasta la cadera o hasta donde el toro permitía, que no era ningún dechado de bravura precisamente. A izquierdas también se recreó hasta acabar con derechazos a pies juntos, engarzado a una espaldina y un pase de pecho de pitón a rabo. Regaló su cuerpo en la manoletinas, mientras escarbaba «Lechuguero», que no sirvió para sembrar una gran faena pero sí para ver la dimensión de este torero.

Arde la plaza
Si las miradas estaban centradas en JT, El Juli demostró por qué es máxima figura del toreo. Mucho mérito tenía torear con su grave lesión en el hombro. Igual le dio que los médicos desaconsejasen el esfuerzo, este héroe tiene raza para eso y más. Hasta con el brazo en cabestrillo hubiese toreado.

En medio del calor africano, ardió la plaza con chicuelinas de mano baja y ceñidísimas. Abelmontados molinetes nada efectistas y de toreo auténtico, en el prólogo de una importantísima faena. Midió a la perfección tiempos y distancias. Largo y profundo llevó el toro a derechas. «Tripulante» embestía con un ritmo excepcional y Julián lo toreó a la perfección. Todo por abajo, con poder y variedad. Las dos orejas fueron incontestables.

El graderío, blanca sábana
Si el madrileño encandiló con el bueno, también dio una lección con el más remiso a perseguir los engaños. Se puso en el sitio y con asombrosa técnica cuajó una faena rubricada con un volapié. El graderío se tornó en una blanca sábana y le recompensaron con otras dos orejas.

Un premio se llevó Juan José Padilla del cuarto, con el que se resarció tras la insulsa labor al primero, que humilló en el capote y cumplió en el caballo, pero luego se quedó cortito. Pisó más el acelerador con «Jaranero», al que recibió con vibrantes verónicas y frente al que arriesgó en banderillas. Qué mérito tiene medir las distancias con un parche en el ojo. El público agradeció el esfuerzo del Ciclón de Jerez, un auténtico tornado con muletazos rodilla en tierra y desplantes encorajinados en un capítulo que se convirtió en un largometraje.

Por la puerta grande se marcharon José Tomás y El Juli tras brindar una tarde de toreo auténtico, de toreo de ayer, de hoy y de siempre, en carne viva, de ese toreo doliente que desgarra las almas pero que da significado a la vida. Vivir sin torear no es vivir.

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